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Milei-nnials: la guerra de los pañales
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Milei-nnials: la guerra de los pañales

Por Silvio Santamarina

En el histórico acto del 1° de mayo de 1974, el presidente Perón partió verbalmente la Plaza que lo había ido a ver, con la calificación despectiva de “imberbes”, refiriéndose a Montoneros y en general a la juventud rebelde que cuestionaba al establishment justicialista, puntualmente sindical, que hoy bien podríamos llamar “la casta”.

Más allá de los vericuetos de aquella lucha interna sangrienta, la legendaria etiqueta colocada por Perón para identificar a “esos estúpidos que gritan” significó probablemente la primera clasificación etaria fuerte de la dinámica política argentina. Y sus ecos resuenan hasta hoy.

También el alfonsinismo tuvo su marca generacional, con el rol clave de Franja Morada en la militancia estudiantil (y más allá), en un juego donde ser joven o viejo comenzaba a ser un valor en discusión para definir debates partidarios, también de políticas de Estado y modos de hacer política.

El showman del Apocalipsis

Envalentonada por el fracaso de las anteriores “gestiones” juveniles, surgió lo que podríamos bautizar como la Juventud Menemista, que no era mucho más que la suma de una nueva JP, esta vez fascinada por el neoliberalismo local, y el influjo joven de la militancia ucedeísta, que seguía la estela de la familia Alsogaray en su acelerada marcha hacia el oficialismo peronista de los años ‘90.

Aquel fenómeno de coctelería ideológica fue retratado cómicamente por Rudy & Paz en una viñeta del (por entonces joven) diario Página/12: en el cuadrito dibujado se cruzaban dos estudiantes de la UBA; uno con la estereotipada barbita “progre” que calzaba con cierto joven desencantado por el derrumbe hiperinflacionario alfonsinista, y otro con un perfil más atildado y “eficiente” de militante universitario de la UCeDé. Invirtiendo los roles aparentes, el joven conservador (o liberal, la confusión será eterna) trata de “melonear” al progre con argumentos de la agrupación UPAU. Pero el presunto exFranja le contesta, como un alumno inesperadamente despolitizado: “No sé, yo a la facultad vengo a estudiar”.

Según Freud, gana Milei

Roles invertidos, en una dinámica de espejos deformantes, que ayuda a comprender cómo unos muchachos prometedores de la juventud liberal de aquel entonces, Sergio Massa y Amado Boudou, se metamorfosearon, un par de años después, en puntales del proyecto Nac&Pop.

Hablando de relatos nacionales y populares, el recurso a los jóvenes como energizante de las viejas recetas se vio con enceguecedora claridad durante las “décadas ganadas”, con La Cámpora marcando el paso a los “pibes para la liberación”. Aquí la impronta juvenil es algo problemática, por su carácter fantasmagórico: su adopción acrítica de la herencia setentista, sumada a la obediencia debida al clan Kirchner, les quita algo de la razón de ser histórica de toda vanguardia generacional, que se caracteriza por su programa disruptivo respecto de los mandatos maternos y paternos. Así les fue: aunque Cristina les prometió un justo reconocimiento final, apuntando a un heredero de la “generación diezmada” para el ticket presidencial, la promesa quedó en un decepcionante amague. Los pibes liberadores fueron desplazados por el ex pibe liberal, conductor en los ’90 de la Juventud Ucedeísta, el ministro plenipotenciario Sergio Massa. Ironías de la vida.

También fue decepcionante la parábola de la juventud macrista, que había subido a escena con sus globos y tablets, para cambiarle la cara a la política. Muy pronto, esa primavera tecnocrática se marchitó, ahogada en los maceteros de la confortable sede municipal porteña de la calle Uspallata.

Aquellos “geeks” que la rompían en la cancha cyber-militante, ahora huyen cascoteados por los nuevos “imberbes” de la política, que parecen más jóvenes y más salvajes que nunca en la historia de la democracia nacional. Son los Milei-nnials. Y dicen venir por todo.

Son los que -según confiesan los operadores comunicacionales de Patricia Bullrich- inundan las redes con su furia incontenible. Esos que inventaron el epíteto “viejos meados” para descalificar cualquier objeción mediática contra los exotismos borderline de la plataforma libertaria.

El león y el Rey León

Aunque muchos votan por primera vez, hablan con la soberbia clásica de toda vanguardia generacional. Muchos de ellos son los que hacen crecer exponencialmente el parque digital de billeteras virtuales en la Argentina, más cerca de la lógica “gamer” que de la parsimonia bancaria. Pero no solo han sacado de la zona de confort a los encanecidos jóvenes PRO: también desafían el control de las calles y villas del Conurbano, que hasta hace poco nadie le discutía al peronismo. Sepan o no de economía y de historia argentina, piden explosiones, reales o de fuegos artificiales: la semana próxima lo sabremos.

Su experiencia política está en pañales, pero ellos creen que son los viejos de la casta quienes deberían calzárselos de una vez y retirarse al geriátrico de los pasos perdidos.

A no espantarse: esta clase de manifestaciones de malestar en la cultura no es nueva. Ya en 1969, el inteligentísimo Adolfo Bioy Casares publicó “Diario de la Guerra del Cerdo”, novela que trata de la tensión extrema entre jóvenes y viejos. Poco después, en 1971, el genial realizador Stanley Kubrick estrenó “La Naranja Mecánica”, perturbadora distopía protagonizada por un muchacho sociópata que lidera una tribu urbana de vándalos juveniles, dispuestos a cargarse la sociedad burguesa a golpe de asaltos contra el viejo orden, tan establecido como podrido y perverso. (Milei daría perfectamente el “physique du role” protagónico para la remake argentina)

En esta clase de narraciones, todo termina muy mal. No obstante, en la vida real, cuando se acaban los relatos y se despliegan los hechos concretos, la nueva generación no es ni tan salvaje ni tan nueva. Muchos de los “jóvenes” de la ola disruptiva suelen ser pendeviejos, autopercibidos como exponentes de una rebelión juvenilista. ¿Marketing? ¿Propaganda? ¿Alucinación? Ni siquiera un resultado electoral puede despejar la incógnita. Solo la Historia lo sabe. Pero primero hay que vivirla. Y después contarla, con o sin pañales.

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