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El showman del Apocalipsis
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El showman del Apocalipsis

Por Silvio Santamarina

Javier Milei ya se ha convertido, a semejanza del peronismo, en un recipiente que puede -o al menos, parece- contenerlo todo.

Cada cual entiende el fenómeno como le conviene, o como puede. Aquí reside su fortaleza, aunque también su inquietante fragilidad como proyecto de conducción de los destinos nacionales.

Significante vacío, le dirían los semiólogos y psicoanalistas, para ser llenado con los deseos, miedos, frustraciones, hartazgos y odios de diversos sectores de la sociedad, tan diversos que cuesta imaginarlos encolumnados en un mismo espacio ideológico. El caso Milei suele ser comparado, para tratar de entenderlo, con los antecedentes disruptivos de Trump y Bolsonaro.

Sin embargo, el fenómeno argentino parece aún más incierto y volátil que sus predecesores norteamericano y brasileño, acaso porque en aquellas latitudes el libertarianismo y la derecha populista tienen una tradición y una vigencia mucho más clara e institucionalizada que en nuestras pampas tan veletas. Acá, el establishment tiene de conservador esencialmente el objetivo de mantener privilegios socioeconómicos, muy por encima de la defensa de supuestos valores morales, por más rancios que sean.

Es por eso que, una vez más, la Argentina produce un fenómeno que en apariencia coincide con categorías universales, pero que visto de cerca es más autóctono que Patoruzú. Milei -incluso a pesar suyo- representa el advenimiento de otro período histórico de turbulencia financiera que amenaza con volverse terremoto político, social y, Dios no permita, institucional. Como es habitual, el tembladeral trae planes audaces de refundar las reglas monetarias del país: la receta de la dolarización que esgrime Milei ni es nueva ni es única, en medio de un panorama tuitero plagado de planes dolarizadores o de creación de nuevos pesos con propiedades milagrosas de estabilización, orden y progreso.

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Todo muy argento, caótico e improvisado, más que libertario. Desde la izquierda más anárquica hasta la derecha más reaccionaria, Milei seduce, o al menos llama la atención, como el gran showman del Apocalipsis en que lo han erigido los medios, haciendo rating gracias a su histrionismo incansable. Y aunque al principio lo suyo parecía un chiste de standapero criollo, al calor de las encuestas, el fenómeno ya mete miedo a diestra y siniestra, en el espacio que él acertó en llamar “la casta”.

Mete miedo en la dirigencia que hasta hace poco se manejaba muy cómodamente entre las cuerdas de “la grieta”. Al posmacrismo PRO le mete presión por derecha, dándole a sus votantes (o exvotantes) una herramienta extorsiva para reclamar shock y mano dura, en vez de gradualismo tibio. Pero el kirchnerismo -y el peronismo en general- tampoco se salva del tsunami Milei: en las barriadas populares, asediadas por la pobreza galopante y marginalizante, la bronca ahora tiene una cara en una boleta que sirva como voto castigo al fracaso K, sin por eso tener que votar nada de la familia del “Gato” Mauricio.

Ni hablar del furor que genera entre los votantes primerizos.

Con su lengua salvaje y su cabellera insultante, a Milei le alcanza para atraer las miradas de jóvenes de todas las clases sociales, en un fenómeno similar al de la música trap, donde las letras y fraseos imponen un crossover sociocultural donde pobres y ricos se fusionan en un mismo estilo, aunque se trate de una mezcla fantasiosa de estratos sociales lejanos, cada vez más alienados.

¿Qué será Milei? Acaso se trate -arriesgando una hipótesis casera- de poco más que aquella feta de salame que algunos votantes repodridos ponían en las urnas, allá por el 2001, en señal de protesta irónica. O tal vez haya que tomarse muy en serio el advenimiento de un nuevo actor de la política, que vino para quedarse, incluso si no gana estas elecciones. ¿Y si las gana? En ese caso, no hay emoji de terror que alcance para resumir el escenario que se abriría en la Argentina, con un Presidente cuyo entorno es de una opacidad pocas veces vista. Como sea, es la clave de estos tiempos.

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