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Mass shootings en EEUU: ¿hasta cuándo?
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Mass shootings en EEUU: ¿hasta cuándo?

Por Lana Montalban

Tendría unos 7 años. Mi madre ordenaba fotos y cosas envueltas en diarios viejos, para combatir la humedad de mi Adrogué de la niñez cuando, en un momento, hizo una rápida y disimulada maniobra para esconder uno de los periódicos. Pequeña pero ya perceptiva, esperé la oportunidad y, ante su ausencia, revisé lo que ella había tirado a la basura con la intención de que no lo viese.

Allí, en una página amarillenta del diario Crónica, estaba la foto de una chiquita de mi edad, accidentada, ensangrentada y seguramente muerta. A pesar de las décadas transcurridas, esa imagen permanece intacta en mi mente.

Anoche, mientras enviaba el habitual mensaje de buenas noches a mi hija, pensaba en la última masacre ocurrida en Texas. Una de tantas. Donde un loco o idiota, racista o lo que fuese, es irrelevante su motivo, abrió fuego indiscriminadamente contra civiles, usando una poderosísima arma de guerra que cualquiera puede conseguir, matando a nueve -incluyendo niños- e hiriendo a por lo menos siete más.

Cuando utilizo las palabras «cualquiera puede conseguir» no lo hago gratuitamente. Por décadas los republicanos en el Congreso, ayudados por un par de «sospechosos» demócratas (Sinema y Manchkin, recientemente), no han hecho más que poner trabas a todo intento por frenar esta locura, algo que la mayoría del país quiere, según todas las encuestas.

Otro tiroteo en Texas: murieron al menos cuatro personas al ser baleadas en un shopping

Con tener 18 años y dinero suficiente, basta. No hay restricción alguna por antecedentes violentos, enfermedad mental, tendencias psicóticas u homicidas, cultura de la violencia, ser miembro de grupos con tendencias asesinas como supremacistas blancos ni nada. Si hay una condena firme por violencia doméstica o algún otro delito, ese es el límite que, por supuesto, es fácil circunvalar mediante el enorme y floreciente comercio ilegal de armas. ¿Y la restricción por edad? No problem. Basta que tus padres, hermano o mejor amigo lo compre y te regale tu arma de guerra favorita. Fin del problema.

Vemos cantidad de políticos públicamente mostrando con orgullo el arsenal que guardan en casa (que sería la envidia de cualquier pelotón ucraniano en el frente de batalla) y ni que hablar de sus tarjetas de navidad, exhibiendo a sus hijos e hijas, desde los tres añitos, o menos, cargando armas más pesadas que ellos mismos.

La mal llamada «cultura de las armas» en EEUU, con la excusa de defenderse de «invisibles ejércitos de extranjeros marrones, que marchan hacia la frontera», propagado con total intención por Trump y sus seguidores, ha aumentado las ventas en forma exponencial. Esos «ejércitos de marrones», en realidad vienen aquí a levantar las cosechas que ningún norteamericano quiere tocar. A cambiar techos en los sofocantes veranos de Florida o California y a lavar platos en las claustrofóbicas y extremadamente calientes cocinas de los miles de restaurantes de todo el país. Lo único que quieren, en general, es huir de la violencia y pobreza en sus países, trabajar y ahorrar lo suficiente como para enviar remesas a la familia que quedó atrás.

El miedo, como lo hemos visto en gobiernos de todas las tendencias, es una moneda de cambio muy valiosa. Ellos saben usarlo con extrema habilidad.

«Si la gente no tuviese acceso a este tipo de armas de guerra, diseñadas para destrozar cuerpos en forma eficiente, las víctimas nunca alcanzarían estas cifras escalofriantes, como en el resto de los países del primer mundo. Con un cuchillo las cifras serían exponencialmente menores» (REUTERS/Jeremy Lock)

En ese momento pensé en qué cantidad de personas en este gran país no pueden enviar el mensaje de buenas noches a sus hijos, padres o amigos cada jornada porque alguien armado hasta los dientes los asesinó.

En lo que va de 2023, ha habido más tiroteos masivos o mass shootings como se le dice en inglés, que días del año. En 2022 hubo 647 y en 2021, 690. Recordemos que el año tiene 365 días.

En una nota reciente de la BBC, se entrevista a Mark Bryant, del Archivo de Violencia Armada (Gun Violence Archive), quien anota minuciosamente cada ataque armado masivo. Él comentaba: «Cuando comenzamos con esto hace casi una década, veía morir un niño y podía recordar su nombre, la edad, en qué ciudad estaba y las circunstancias de ese tiroteo. Ahora ya no puedo hacerlo«.

¿A qué se debe esta epidemia? Los motivos son variados, pero la realidad es que, si la gente no tuviese acceso a este tipo de armas de guerra, diseñadas para destrozar cuerpos en forma eficiente, las víctimas nunca alcanzarían estas cifras escalofriantes, como en el resto de los países del primer mundo. Con un cuchillo las cifras serían exponencialmente menores. El promedio de muertes por millón de habitantes en «mass shootings» en la mayoría de países desarrollados, es de un 0%. En EEUU, 0,058% y aumenta anualmente.

El gobernador de Texas, Greg Abbott, orgulloso de su estado sea uno de los que más armas posee en EEUU

En países con alto grado de violencia, como algunos en Centroamérica, o incluso México, Brasil o Argentina, los padres rezan para que sus hijos vuelvan cada noche sanos y salvos y nadie los asalte. Aquí, hay que decir a los hijos, a toda hora: «No vayas a la escuela, iglesia, al cine, al shopping, la discoteca o camines por a calle porque puede que te traigan en una bolsa negra».

La Asociación Nacional del Rifle (NRA) hace décadas que invierte muchos millones anualmente en aceitar las manos amigas de los legisladores para que se encarguen de mantener el statu quo. Solo por nombrar algunos, el supuestamente «moderado» Mitt Romney ha cobrado más de 13 millones de dólares; Marco Rubio, más de 3 millones; Josh Hawley, casi 1,5 millones; y Ted Cruz 200.000 dólares.

Si a nadie le parece que esto es un conflicto de intereses, demuestra a los gritos que la política, organizaciones como la NRA y las corporaciones hace años que tienen una relación «más que simbiótica», realmente carnal, y ninguna obligación de cumplir con las reglas que debemos seguir el resto de los ciudadanos.

Al principio conté una anécdota de mi niñez y cómo ver una foto violenta me marcó para toda la vida. Es fácil imaginar cómo estas experiencias diarias, el entrenamiento de los niños de kinder garden para sobrevivir un ataque con armas de guerra, o ver cómo tus compañeros son destrozados con una de ellas están dejando una generación de personas dañadas, que quizás no tengan arreglo.

Durante años, el Gran País del Norte se burlaba despectivamente de las llamadas «Repúblicas Bananeras». Hoy, está haciendo mérito a pasos agigantados para ser una más.

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