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La excepción argentina: los secretos del éxito global de Hernán Díaz
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La excepción argentina: los secretos del éxito global de Hernán Díaz

Por Silvio Santamarina

Digamos que esta nota es para recomendar un libro, o mejor, dos. Hasta hace unos pocos años, el argentino Hernán Díaz soñaba con publicar sus textos de ficción pero era sistemáticamente rechazado por editoriales y revistas literarias. A diferencia de otros amantes ardientes de la literatura, Díaz no se rindió ante las negativas, y siguió escribiendo, como venía haciéndolo desde su niñez, allá por los años setenta.

También continuó con su carrera académica, iniciada en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA, continuada en Londres y consolidada en Nueva York, donde vive y trabaja desde hace 25 años. En paralelo a su empleo universitario, el argentino siguió escribiendo ficción, con el esfuerzo adicional de hacerlo en inglés, una apuesta poco común en las artes narrativas. Finalmente, aquel escritor rechazado consiguió publicar dos novelas, con tanto éxito, que hoy se puede decir, sin temor a exagerar, que está tocando el cielo literario global con las manos.

«Fortuna», la novela de Hernán Díaz, explora el corazón del capitalismo en los EEUU, adentrándose en el universo de Wall Street en 1929

Con su primera novela, traducida al castellano con el título “A lo lejos”, Díaz quedó finalista de premios tan prestigiosos como el PEN/Faulkner y el Pulitzer. Pero con la segunda, que acaba de aparecer en librerías argentinas bajo el sello de Editorial Anagrama con el título “Fortuna” (en el original inglés, se llama “Trust”), la carrera de Díaz está entrando en otra dimensión, ese espacio simbólico habitado por los argentinos “que triunfan en el mundo”.

“Fortuna”, o mejor dicho, “Trust” acaba de ganar el premio Pulitzer de ficción, luego de ser recomendada nada menos que por Barack Obama y por The New York Times, entre decenas de medios influyentes del circuito de lectores exigentes. Por si fuera poco, HBO está produciendo una serie basada en la novela, que será producida por la estrella Kate Winslet, quien compró los derechos, fascinada por la posibilidad de interpretar a la protagonista femenina.

¿Cuál será el secreto de tanto éxito? Parece que hay más de un motivo. Y la lista puede dejarnos alguna enseñanza que excede la tertulia literaria.

En primer lugar, el atrevimiento. Díaz no solo escribe en inglés, criado en castellano porteño desde la cuna, con genes españoles e italianos, sino que, a la hora de elegir temas novelescos, mete el dedo en la llaga del ser norteamericano.

El escritor explica en sus entrevistas que se le ocurrió “Trust” a partir de la observación, como lector, de la casi nula producción de ficciones literarias en Estados Unidos acerca de un fenómeno central en esa civilización: la generación de dinero. No la pompa y el consumo de los ricos, sino la génesis misma del elemento clave del capitalismo occidental. Su tema es el capital financiero, y la novela explora cómo la ficción (en el sentido literario) puede iluminar la otra ficción, la del dinero y sus relatos de autojustificación, valoración y reproducción.

«El escritor explica en sus entrevistas que se le ocurrió “Trust” a partir de la observación, como lector, de la casi nula producción de ficciones literarias en Estados Unidos acerca de un fenómeno central en esa civilización: la generación de dinero»

Es decir que Díaz se lanza a descifrar la matrix de Wall Street contando su historia, centrada en un momento caliente: la gran crisis de 1929. Como otros argentinos y latinoamericanos en general, Díaz podría haber logrado cierto reconocimiento en el mercado narrativo norteamericano vendiendo su historia “autóctona”, poblada de dictaduras bananeras, desaparecidos y pobreza. De hecho, su novela familiar le daría la excusa perfecta: padre librero, madre psicoanalista, ambos exiliados en los ‘70 a Suecia, donde el pequeño Hernán aprendió sus primeras palabras. Pero no: Díaz aprendió inglés leyendo a los clásicos de esa lengua, y cuando entendió lo suficiente, se atrevió a meterse con los traumas de su cultura adoptiva, como un neoyorquino más.

Ese gesto atrevido no es reciente. Ya en su primera novela, “A lo lejos” (“In The Distance”, en el original), el argentino se las agarra con otro género problemático, de tan idiosincrático, para los estadounidenses “nativos”: el western.

Díaz descubrió que, aunque en el cine se trata de un género absolutamente central, en cambio en la literatura, el western ocupa un lugar deslucido, poblado de libros mediocres y vaciado de lectores memoriosos y agradecidos. Tal es así que, recién en las últimas décadas, el western literario experimentó cierto revival, pero al precio de presentarse como una revisión bastante intelectualizada del viejo y olvidado género popular.

Para internarse, como el protagonista de su novela del lejano oeste, en el misterio del desierto, Díaz echó mano a su biblioteca argentina, esa que repasó en sus tiempos de estudiante y profesor de Letras en la calle Puán: desde Sarmiento a Gabriela Cabezón Cámara, pasando por César Aira y el mismísimo Borges, la literatura argentina tiene mucho para aportar al tratamiento del enigma filosófico, estético y político que plantea la planicie infinita y sus inesperados habitantes.

Jorge Luis Borges y María Kodama. Foto: NA

Precisamente Borges es otra de las causas de la conquista del lector norteamericano que logró Díaz. No casualmente, el primer libro de Díaz no fue una novela sino un ensayo sobre Borges, también en inglés: “Borges, Between History and Eternity”. El más famoso e influyente escritor argentino en el planeta, Borges inventó la manera de ser universal y local a la vez, sin complejos ni soberbia. Y lo explicó en uno de sus fabulosos ensayos: “El escritor argentino y la tradición”. La argentinidad, se desprende del manifiesto borgeano, no es un tesoro frágil que deba ser protegido de la contaminación externa ni venerado como una religión: más bien es una herramienta poderosa, que formatea nuestra mirada y nuestra voz en el mundo, como un destino inexorable. Es pura potencia.

Y así lo entiende -y lo practica- Hernán Díaz, cuando le dedica sus novelas a las dos grandes fiebres que disparan la gran saga del capitalismo norteamericano: la fiebre del oro (siglo XIX) y la fiebre de la Bolsa (siglo XX). En ese choque de culturas que encarna Díaz en cada párrafo de sus libros se enciende la chispa de una autocrítica en la que puede reconocerse, cada uno a su turno, un lector estadounidense y/o un lector argentino (o lectoras, porque también hay una indagación profunda de género en la narrativa de Díaz).

Aquí brilla otro factor decisivo para entender el éxito de nuestro compatriota expatriado: la importancia de la cultura del trabajo. Tanto por “afuera” como por “adentro” de sus textos, la intensidad laboriosa define tanto a los personajes como a su autor, que en las entrevistas destaca el tiempo invertido en los archivos de las grandes bibliotecas del llamado Primer Mundo, a la búsqueda de diarios y documentos personales de los magnates reales del capitalismo, para construir su magnate ficcional.

En esa búsqueda arqueológica, aparecen las voces desaparecidas por el relato del capitalismo vencedor: las esposas de los megamillonarios y los luchadores sindicales que osaron cuestionar el nuevo orden monetario y productivo que se erigía a fines del siglo XIX y principios del XX.

Pero tanto en el plano de la ficción como en el de la realidad del proceso de investigación y escritura, la cultura del trabajo no aparece menospreciada por Díaz ni por sus personajes, ni siquiera por los más anticapitalistas. Aunque se denuncie la explotación, el trabajo sigue siendo la herramienta sagrada de los desposeídos. No hay nada parecido a la “deconstrucción” de la meritocracia que se puso de moda en la Argentina posmoderna. No: en literatura, pero no solamente, Díaz es un modernista erudito que se gana a los lectores con el sudor de su frente. Y eso se nota en sus libros, pero también en cualquiera de sus charlas registradas en YouTube. Todo es estudio, todo es trabajo: y es una fiesta.

De eso, de trabajo, está hecho el talento excepcional que destaca a muchos argentinos en el mundo: Messi, el Papa, la reina Máxima. Nadie llegó por casualidad. Ninguno se mantiene de taquito en el podio. Es una tarea cotidiana, incesante, para obsesivos.

El aporte distintivo que entregan los argentinos “afuera” es su mirada sobre un mundo enloquecido, “argentinizado”, podríamos decirle, exagerando un poco, porque somos argentinos. Esa mirada rara nos permite ver hoy con cierta nitidez las fisuras de una globalización enrarecida.

Ya lo dijo -o le hicieron decir- el premio Nobel de Economía Simon Kuznets: «Hay cuatro clases de países: desarrollados, en vías de desarrollo, Japón, y la Argentina”. Desde esa excepcionalidad, miramos y actuamos y nos destacamos en el mundo. Pero ojo, también esa excepcionalidad nos empuja a inventar la pólvora y la rueda cada mañana, mientras la inflación nos carcome, como una peste misteriosa. El mismo estruendo que hace nuestro éxito en el exterior, también resuena en nuestro derrumbe cotidiano en casa. He aquí nuestro enigmático atractivo. Y nuestro fracaso.

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