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“El que invirtió en votos brasileños, recibirá votos brasileños”
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“El que invirtió en votos brasileños, recibirá votos brasileños”

Por Carlos Souto (*)

Esta segunda vuelta argentina demostró a las claras qué puede pasar cuando con el máximo rigor se usan estrategias equivocadas.

Sergio Massa no habló con Eduardo Duhalde nada de nada antes de tomar las riendas de su propio fracaso. Su ego lo obliga a actuar así, y por eso siempre pierde.

Pero Duhalde le hubiera avisado lo de los brasileños. Claro que sí. Le hubiera dicho clarito: “El que invirtió en votos brasileños, recibirá votos brasileños”. Pero los que cuentan son los votos de acá, Sergio.

Duhalde los sufrió cuando quiso ser presidente y trajo una banda de brasileños estrella como Duda Mendonça o Joāo Santana y los acompañó con el americano James Carville, aquel a quien se le ocurrió aquello de escribir en el pizarrón de un war room “es la economía, estúpido”, y hasta ahí llegó. Duhalde perdió por paliza y doy fe que así fue, porque tuve la suerte de estar en el equipo que les hizo pelo y barba a los verdeamarelos por aquellos días.

Ganó la mejor campaña

Pero Massa, que no habló con Duhalde, ni le atendió el teléfono a nadie que sepa de verdad, se dejó llevar por el artificio tropical y variopinto que le mandó directamente Lula. ¿Cómo no la iba a agarrar? Se ahorraba algunos aportes y quedaba bien con el jefe del principal socio comercial de la Argentina. Estamos hablando de un tipo que hace 30 años que hace política y le dicen “ventajita”.

Aunque avezado y no contento con esto solamente, agregó un par de extranjeros más, que, si bien no pudieron con los brasileños, como buenos consultores americanos perdidos en la jungla latina cobraron y se fueron adaptando.

Esto resultó en una campaña desaforada y poco ética, burda y chocante para gran parte de la población, batucada pura, entre otras cosas porque violó decenas de leyes al mismo tiempo y se fue radicalizando en su mal gusto a medida que empeoraban los números.

O sea, digamos, era al revés Sergio Tomás, al revés. Su ego lo dominó como “dominó” fue el efecto que generó haciendo apariciones presidenciales, algo muy arriesgado porque puede pasar lo que pasó: que te disfraces ya de presidente y que se te note que es un disfraz. Que te descubran como impostor ya con la capa puesta.

Sergio Tomás por un poco más de poder es capaz de cambiarse en segundos en una cabina telefónica pero, ay, no sabe volar.

Souto Communications, la gran ganadora en los Reed Latino Awards 2023

Entonces, resulta que la campaña la para de pecho y deja atrás diversos aspectos de la comunicación en manos peligrosas, dañinas para sus aspiraciones. De repente, aparecen erróneos y disparatados intentos de usar A.I. mostrándolo con una clara estética soviética de comienzos del siglo XX. ¿Para qué? Ninguem sabe.

Y su comunicación audiovisual pierde el contacto con el candidato. Era como que hablaba de otra persona, de otro proyecto, de otra cosa. Siempre fue poética pero nunca literal. Así fue que todo este error encadenado terminó con Sergio Tomás pateado en el piso del cuarto oscuro.

Porque la gente se avivó de que el cuarto oscuro es oscuro para que no te vean, no para que vos no puedas ver.

Milei, la política y el experimento argentino

Del otro lado, la campaña de Milei. Asesorado por el inefable expresidente Mauricio, que lo escuchó atentamente. Le dijo: mírame a mí, yo fui presidente ¿verdad? ¿Y cómo me dicen? ¿Cómo me llaman, cómo me apodan? Sí, eso, el gato. Deja el león en un rincón y aprendé a ronronear como yo, que no articulo bien, justamente por eso del ronroneo y me va fantástico.

Así que Milei, que de loco no sé, pero de tonto no tiene un pelo (y en su caso es mucho decir), empezó a ronronear perfectamente mientras daba vueltas sobre sí mismo moviendo las patitas en gancho. Hizo la plancha, porque a todas luces el otro iba a chocar. Cuando te pasa un coche haciendo eses a 200 por hora y viola luces rojas, vos no lo corrés: frenás, lo dejás ir y pensás: “Que se mate solo”.

Pues eso hizo la campaña de Milei, soltó el acelerador neuronal del candidato, lo liberó de la motosierra y se probó un traje de presidente que a la gente le pareció más real y ajustado a su estado de ánimo que el traje de Deadpool fallido de su rival.

El ya presidente electo mesuró su discurso, y sus reacciones, y dejó que el contraste lo beneficiara. Su campaña parecía la nada misma, pero no lo era, se desdijo un poco mientras su adversario mentía descaradamente. Entonces, ganaba desdiciéndose también.

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La otra campaña no era el carnaval carioca, de verdad, era una murga que no hacía más que hundir los números del primer bailarín. Que ya traía el bastón. En fin, a la postre, nadie sabrá nunca qué habrá sido de aquel bastón. Ya lo dijo el padre de la estrategia militar moderna, el gran Napoleón Bonaparte: “Nunca molestes a tu enemigo cuando se está equivocando”.

Y así hizo el león: se hizo el dormido hasta que el valiente genio de la política, alentado por la torcida que tanto le costó, entró en su jaula con una estrategia tonta para domarlo, entonces abrió un ojo. Y se lo comió.

(*) Carlos Souto es un reconocido consultor político surgido en la Argentina. De origen español, es considerado uno de los principales referentes de la comunicación política en Latinoamérica, y se ha consolidado en la última década también en el mercado de Oriente Próximo.

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