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Myanmar: Recuerdos imborrables de la vieja Asia
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Myanmar: Recuerdos imborrables de la vieja Asia

Hablar de Myanmar es pintar con palabras los paisajes más místicos e históricos. Es hablar de selvas vírgenes, montañas nevadas y playas cristalinas. De cientos de grupos étnicos, tradiciones milenarias, de recogimiento y, a la vez, aventura. De mujeres con caras pintadas de amarillo y hombres con faldas. De rubíes, jades y otras gemas, aunque su verdadero tesoro es su gente, hospitalaria y gentil, nacida y criada abrazando los valores del budismo. De viajeros con el pecho inflado por esa sensación casi infantil de pararse sobre tierra inexplorada, tierra de misterio, de cambios políticos constantes pero idéntica a sí misma en tiempos de la colonia inglesa. Mucho se puede hablar pero nada se asemeja a vivirla en carne propia. Recién abre sus puertas al mundo y aún queda mucho por descubrir. Mingalarbar, es decir, bienvenido y buena suerte.

Yangon

La capital es el punto de partida de la mayoría de los recorridos. A pesar de que los turistas destinan pocos días para conocerla, tiene varias atracciones. Es el centro económico del país, hervidero de debates intelectuales y la ciudad más cosmopolita de Myanmar. Sin embargo, en algún momento supo ser un pueblito tranquilo hasta que los ingleses lo convirtieron en un puerto bullicioso. Si bien los colonizadores abandonaron el lugar hace tiempo, dejaron la hermosa arquitectura como legado. Los edificios se conservan y despliegan su encanto entre las calles arboladas y los lagos. Aunque el que se lleva todos los laureles es, por supuesto, Pagoda Shwedagon, una stupa de oro de 98 metros de altura que parece velar por la ciudad. Es fastuosa. Imponente. Basta decir que ochenta mil piezas de joyería la decoran y, en su punto más alto, luce una corona de diamantes. Esas cantidades podrían resultar impresionantes, al igual que el hecho de que se haya construido hace 2500 años según las estimaciones. Pero más impresionante aún, ya no tanto de relevancia estructural sino espiritual y religiosa, es que alberga restos de pelo de Buda. Por eso desfilan por ahí miles de fieles, ofrendando flores y velas.

Si se quiere conocer el verdadero ritmo de Yangon, es necesario inmiscuirse en el ajetreo de los mercados matutinos en donde se consiguen frutas y pescado fresco. El más famoso es el bazar Bogyoke Aung San cuyos puestos venden desde sedas hasta rubíes. A propósito de estos minerales, hay un museo dedicado exclusivamente a estos y otras gemas que exhibe rubíes en bruto tan grandes como ladrillos. El Museo Nacional, por su parte, cuenta con piezas decorativas de los palacios reales. A la noche, el Chinatown (claro, nunca falta uno) se llena de vida, con una mezcla de aromas que salen de los puestos de comida callejeros y los restaurantes.

A unos pocos kilómetros de distancia, Thanlyin y Kyauktan son dos pueblos típicos con pagodas y monasterios escondidos en el bosque. Un poco más lejos, se encuentra Bago, conocido por la inmensa imagen de Buda recostado en la Shwe Mawdaw Pagoda, uno de los sitios religiosos más significativos de Myanmar. Vibrante y dinámica, deseosa de futuro pero atrapada en el pasado, Yangon es el preámbulo perfecto.

Mandalay y Amarapura

Detrás de este nombre poético, hay una ciudad moderna, cultural y económicamente hablando, la principal del norte de Myanmar. Alguna vez capital real, aún conserva ciertos aires románticos de tiempos pasados, quizás por la colina, quizás por el palacio. Mandalay descansa sobre la orilla del río Ayeyarwady, una postal nostálgica para la ciudad que vio al último rey de Burma, viejo nombre de Myanmar, en su máximo esplendor. Una de las atracciones más notables son las escrituras de Buda en 729 lápidas de mármol en la pagoda Kuthodaw, conocida como “el libro más grande del mundo”. En esta, el pabellón de teca tallada es la herencia que dejó Mindon, el monarca religioso de la dinastía Konbaung que sentó las bases de esta excapital. El oro de su interior aún permanece intacto, no así el exterior. El resto de su palacio fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial y, en su lugar, se construyó una réplica. El Buda de oro en Mahamuni Paya, sede de uno de los festivales más importantes, es igual de impresionante. Hoy, tres de cada cinco monjes budistas vive en Mandalay. Por eso, se respira allí un clima de paz y meditación.

Muy cerca se encuentra Amarapura, antigua sede de los reyes. Hoy sirve de hogar de cientos de artesanos, dedicados a las especialidades de Myanmar: el bordado de tapices, la fundición de bronce y el tallado en teca. Cruzar el puente de madera de 1.2 km sobre el lago Taungthaman que la separa de la pagoda Kyawt Taw Gyi es un imperdible. Lo curioso en él, más allá de la construcción en sí, son las pinturas murales que muestran la vida de los habitantes del pueblo del siglo XIX.

Bagan

Comparado una y otra vez con Ankor Wat en Camboya, Bagan es uno de los patrimonios arqueológicos más destacados del globo. Es esa primera imagen con la que uno se topa si se interesa por Myanmar. Aquí se desplegó toda la gloria del primer reino de Myanmar, allá por el siglo XI. De los 4446 templos que se estima que se erigían en este lugar, construidos por orden del rey Anawrahta, sólo 2230 permanecen de pie, según los datos de la UNESCO. La razón se encuentra detallada en Los viajes de Marco Poloy es, ni más ni menos, la caída de Bagan ante el ejército de Kublai Khan. Todo el recorrido puede hacerse a pie, aunque también hay quien elige subirse a una bicicleta para moverse entre uno y otro. En este escenario, los amaneceres y atardeceres no tienen precio. La mejor opción para tener una vista privilegiada es sobrevolar el complejo en globo aerostático. Bagan es, por defecto, la ciudad más turística de Myanmar y la que ofrece mayores lujos a sus visitantes: desde un crucero por el río hasta una estadía cinco estrellas a sus orillas, pasando por un juego de golf con los templos de fondo.

 

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