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Ombligo PRO: hay que salir del agujero interior
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Ombligo PRO: hay que salir del agujero interior

Por Silvio Santamarina

Es muy probable que buena parte de la dirigencia PRO haya saltado y empujado en pogos en su más tierna juventud, al ritmo del himno pop de Federico Moura y sus Virus: “Hay que salir del agujero interior” bien podría funcionar hoy, en la adultez del staff que encabeza Juntos por el Cambio, como la banda de sonido apropiada para un retiro espiritual que le devuelva al espacio macrista y posmacrista la vitalidad perdida. Con probar, no se pierde nada, o al menos nada más de lo que ya se ha perdido.

Esta semana se empieza a ver cuánto se ha perdido, desde aquellos tiempos dorados de crecimiento del partido fundado por el empresario heredero de Franco Macri. En pocos días, la cúpula PRO ha puesto en escena cumbres de unidad y de planificación y debate económico para gobernar; candidatas in pectore como Sol Acuña y María Eugenia Vidal anunciaron sus renunciamientos a la carrera electoral; el alcalde porteño hizo anuncios “populares” para mover el amperímetro moral de sus posibles votantes a la presidencial…; y varios etcéteras más. Pero nada saca del letargo a la adormilada conversación social PRO, esa que alguna vez supo copar las redes de la audiencia digital, y desde allí desbordar a las veredas reales.

Esa falta de feedback es alarmante para los estrategas del espacio, pero no solo para ellos: también es un síntoma preocupante para el ecosistema político en general.

Es cierto que el internismo y el egocentrismo desatado en torno a las precandidaturas no ayuda, por el espectáculo muy poco empático que muestran los referentes PRO en plena emergencia económica nacional, que además tiñe de vacío institucional el final de la gestión peronista. Pero la única causa de esta desconexión no parece ser el internismo: después de todo, no está mal que, meses antes de las PASO, se discutan nombres y lugares de representación, tanto por motivos ideológicos como por intereses grupales e individuales. De carne somos, y la política es, acá y en la China, particularmente carnívora.

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No: el problema de fondo parece ser, más que el internismo obsceno (que no suma, por cierto), una sospecha creciente del electorado potencial de JxC, que no olvida la zozobra final del gobierno de Mauricio Macri, y que ahora no puede dejar de ponerla a contraluz de la crisis fenomenal que Cristina, Alberto y Sergio le dejarán de herencia al gobierno que venga. ¿Qué aprendió aquella primera gestión PRO que le permita enfrentar con chances de éxito esta tormenta heredada? O mejor dicho, ¿habrá aprendido lo suficiente?

Un repaso por la docena de planes de estabilización y reactivación que intentó la Argentina en el último siglo arroja la descorazonadora evidencia de que todo termina pronto y mal, en una espiral descendente que ya amenaza con dar por terminada la utopía aspiracional que empujaba la idea de patria: lo que queda es una trama social resquebrajada en clases y subclases con intereses inconciliables.

Macri había sido uno de los líderes que pudo inspirar confianza en el futuro en una parte considerable de la sociedad. Pero su fracaso dejó marcas mucho más profundas que la derrota electoral, y ese duro diagnóstico parece habérsele pasado por alto a Mauricio y al resto del staff. Tarde pero seguro, aquel diagnóstico postergado vuelve, inoportuno, en el peor escenario, recalentado por el malhumor acumulado del antigobierno albertista, sin olvidar el daño psicosocial infligido por la pandemia.

Más allá del internismo egoísta, el infantil tironeo PRO por el espacio electoral porteño es un síntoma del achicamiento que padece la agrupación posmacrista. Aunque el partido que se juega este año es principalmente a nivel nacional, el foco mental de los dirigentes no puede apartarse de la Capital, y a lo sumo del AMBA. Todos corren a refugiarse en territorio seguro: volviendo vencidos a la casita de los viejos, como decía el tango.

Ganó Milei

Al igual que el kirchnerismo, que en su derrumbe se aferra a su base de votantes del Conurbano para subsistir, del otro lado de la General Paz, el sueño PRO se achicharra por miedo a una versión recargada del viejo “que se vayan todos”. Esta vez, fogoneada por el facho punk que se robó la atención de la opinión pública con una par de gestos tan violentos como payasescos. Burdo, pero eficaz, al menos desde la perspectiva del marketing de campaña.

Entonces, mientras el PRO y sus socios no logren convencer al electorado de que hay alguna chance de que las cosas le salgan mínimamente bien al futuro gobierno, es imposible que el nivel del debate se eleve por encima de los brulotes de Javier Milei.

Ojo que no es su culpa: el fraseo político que le corresponde a la desesperanza colectiva es el odio. Y no hay discurso antigrieta o de conciliación nacional que lo aplaque. Pero para convencer a las mayorías de que hay futuro, más allá de las dinamitas, es indispensable que la dirigencia que aspira a retomar la posta del país esté realmente convencida de que hay soluciones a la vista, aunque sean duras. Y eso no se ve en sus caras, que más que rostros parecen ombligos.

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