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Dilemas mundiales para una Argentina anclada
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Dilemas mundiales para una Argentina anclada

Give peace a chance”… “¿Qué es lo que pretende con esto?”, le preguntaron a John Lennon. Y él, espontáneamente, respondió: “Todo lo que queremos decir es que deben darle una oportunidad a la paz”. El primer viernes de marzo de este año su canción volvió a sonar simultáneamente a través de 150 emisoras de radio públicas de 25 países europeos. La iniciativa fue de Radioeins, la radio pública de Berlín y miembro de la Unión Europea de Radiodifusión, buscando expandir el mensaje de que, “frente al horror del ataque de Rusia a Ucrania, el poder de la radio puede amplificar el apoyo a la paz y crear un movimiento unido en todo el continente”.

La guerra en y por Ucrania nos moviliza: como un subibaja, a veces nos espanta, nos conmueve; luego “la ignoramos” por un rato, hasta que un nuevo bombardeo, una imagen desgarradora nos vuelve a llevar a la realidad. La Unión Europea y el G7 parecieron dar un giro exponencial, volviendo a rearmarse. ¿Cómo se entienden estos mensajes? ¿Se pide por la paz y al mismo tiempo se invierte en armamento y cuerpos militares?

El ex presidente alemán Joachim Gauck advirtió hace algunos días sobre “el falso pacifismo”. Sorprendió a varios –recordemos que antes de ser político, fue pastor evangélico– cuando declaró que él mismo tomaría las armas si fuera necesario, para defender, por ejemplo, a la ciudad de Berlín. “Me gustaría no tener que hacerlo, pero en tal caso lo haría, sí”, declaró en el programa Markus Lanz del canal de la televisión abierta alemana ZDF.

Gauck calificó el enfoque pacifista de la vida personal como “honorable”. Pero es un enfoque “que no conduce al bien, sino que cimentaría el dominio de los malos, los criminales y lo inhumano”. Nos alerta de que una absolutización, fundada en una hipotética verdad absoluta –la paz–, es peligrosa porque contiene los gérmenes del autoritarismo y los mecanismos de exclusión inherentes a toda absolutización.

El ex presidente advirtió también que no hay que “rendirse a los inescrupulosos” y dijo: “Los inescrupulosos no se preguntan si es correcto tomar las armas para hacer valer sus reclamos”. Solo los que tienen conciencia se lo preguntan. Y no actuar, continuó reflexionando Gauck, puede implicar traicionar la base de los valores, que nos hacen posible la vida de la forma en que lo estamos haciendo.

Esto me llevó a recordar el mensaje de mi abuelo, Don Pablo –el hombre más pacifista que conocí–, y el de mi padre, Don Otto, quienes habiendo lidiado con el nazismo, siempre agradecieron las posibilidades de progreso que les brindó la Argentina: la libertad hay que defenderla siempre. La libertad nos permite crear cierta prosperidad y bienestar. Que, a su vez, mantienen la paz.

Posiblemente el ciudadano de a pie europeo tenga una concepción similar. No debe llamar la atención lo que algunos han calificado como “un giro de 180 grados en la población” hacia una mayor disposición a defender su propio país y también a aceptar los gastos de defensa. La Segunda Guerra Mundial está todavía demasiado cerca. El horror del nazismo y la crueldad del Holocausto continúan latentes y llaman siempre a la reflexión.

El pacifismo, al tener como objetivo supremo el mantenimiento de la paz, cae en el error de no distinguir entre lo que podríamos denominar paz negativa –ausencia de guerra– y paz positiva –existencia de libertades, igualdad, desarrollo social, etc.–. El pacifismo nos puede conducir a una ética del esclavo que defiende una no-violencia genérica, nos puede conducir a la sumisión.

Son valiosos estos dilemas, que se tornan necesarios en una Argentina de una política exterior errática: Argentina necesita definir primero si busca la inserción internacional. Y luego contestar los siguientes interrogantes: sobre qué bases, con qué países o regiones como aliados vamos a intentar interactuar de forma responsable con y en el mundo. Esto se vuelve trascendental para el desarrollo. Y aquí es donde se puede encontrar un primer puerto donde anclar la política exterior en valores, sabiendo diferenciar entre países “clientes” y países “aliados”.

Aliarse para defender aquellos principios básicos de la convivencia. ¿Cuáles serían esos principios básicos? Se busca el desarrollo, pero ¿cuál desarrollo? Segundo dilema que resulta una oportunidad de dar un salto de calidad, para encontrar una revalorizada identidad argentina: un país que algunos definen de “potencia media” que pueda tener un rol activo, responsable, basado en el humanismo. Con una reconceptualización de los valores y conceptos.

En algunas partes del mundo occidental, luego del COVID y con la aparición de la guerra en Europa, se están reelaborando las definiciones de nociones y políticas. Se busca darles un nuevo valor a conceptos clásicos, teñidos, gracias a Dios, de más humanidad y responsabilidad. El progreso económico en el siglo XXI no puede, ni debe, basarse en replicar las ideas que llevaron a los hoy denominados países ricos en el siglo pasado al bienestar. Se van modificando patrones de conducta, surge una concientización que nos interpela a todos. Hoy la propia democracia como forma de gobierno está siendo afectada en todo el mundo por un disconformismo cívico. Debemos nutrirla entonces de ética, compromiso y nuevos desafíos como, por ejemplo, abrazar la lucha para que la naturaleza sobreviva. Porque por el COVID, por las sequías e inundaciones, hemos tomado conciencia que la naturaleza somos nosotros. Y nos debe importar qué le pasa al otro. Porque, además, lo que le pasa “al otro” me afecta a mí.

Invito a leer a Juan Ignacio Roccatagliata, quien en su libro «La Argentina como potencia media», nos presenta una visión de país para el siglo XXI, en la que busca levantar el ancla de las pesadas herencias y animarnos a construir una identidad social prospera. Y remite a Kate Raworth, quien señala que en el siglo XX los países tomaron como meta de progreso exclusivamente el crecimiento de la economía. La medición del PBI y su evolución se transformaron en el centro del foco del progreso. Hoy sabemos que existe un techo ecológico que no debemos pasar en nuestro afán de crear bienestar, porque nos autodestruimos. Roccatagliata nos invita entonces a redefinir el concepto de crecimiento sostenible, defendiendo la necesidad de crear una nueva idea de progreso humano en términos materiales y darle un nuevo impulso al aumento del bienestar en los países y áreas más pobres del mundo (una idea de progreso del siglo XIX que fue abandonada), pero siempre en el marco de ideas y valores diferentes para un mundo distinto.

¿Y con qué países o regiones debemos interactuar? El canciller Santiago Cafiero remarcó en junio pasado que el objetivo de la Argentina es ser miembro del BRICS, el grupo de países emergentes que integran Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, pero me pregunto si realmente nos conviene ser parte de él. Yo entiendo que no.

¿Para qué alinearnos a un grupo que no tiene propuestas concretas y demuestra una conducta errática? Máxime cuando lo integra un país que lejos de promover la paz, se convirtió en invasor de otro. Sin lugar a dudas el BRICS convino a China, Rusia e India, pero no a los demás. Y podríamos agregar que sus miembros parecen diferenciarse entre el renacer de las potencias asiáticas y el eclipse de sus miembros occidentales.

La Argentina debe estrechar lazos con aquellas naciones con las que mantiene lazos históricos, ya sea de la Unión Europea o de la región, pero siempre que abracen la paz y la libertad, y entiendan a la democracia y la república como condiciones sine qua non para el desarrollo pleno del individuo.

Volviendo a la guerra en Ucrania, esta con sus desgracias despertó también una nueva fraternidad europea y quizás mundial. Veamos sino cómo en Polonia los ciudadanos han abierto sus hogares para cobijar a mujeres y niños, poniendo a disposición habitaciones, camas, alimentando nuevas bocas. Se van sumando los días y la guerra no cesa. Ojalá la Unión Europea pueda salir a ayudar también a los ciudadanos polacos, que no dudaron en prestar contención y ahora necesitan atención. “No somos solo los que podemos hacer el milagro económico. También somos los que podemos apretar los dientes si podemos usarlo para ayudar a otras personas”, calificó Gauck al pueblo alemán en la entrevista ya mencionada.

Es por ello que Argentina debe recuperar su rol activo fraterno en el mundo. No solo puede, sino que debe ayudar a la seguridad alimentaria mundial de forma sustentable. Debemos ser conscientes de que estamos asociados al destino mundial. Así como Alemania y Francia entendieron con el Plan Schuman, en la posguerra, lo preponderante de comprenderse y crear lazos de una solidaridad fuerte, nosotros debemos deconstruir enemistades ideológicas que nos están aislando.

La seguridad jurídica es crucial para ello. Y para lograr previsibilidad, estabilidad, desarrollo e inversión, no es cuestión de ser “pedigüeño” y encantar solo ventanillas extranjeras: debemos intentar captar las inversiones más valiosas, que son las de los propios capitales argentinos. No hay mayor signo de confianza para el extranjero que “nosotros” invirtamos en “nosotros mismos”. De forma transparente, sostenida y sustentable, e incorporando conceptos como bioeconomía, economía circular, educación actitudinal, educación para el trabajo, entre otros.

Por último, como supo decir Santiago Kovadloff en una conferencia allá por 2009, “la actualidad de Sarmiento, prácticamente en la totalidad de su obra, es proporcional al fracaso de la Argentina”. Es hora entonces de frenar la compulsión a repetir errores y animarnos a dar un paso para delante, sin titubear, hacia el mundo, con los ojos y el corazón abiertos. Es hora de tomarnos de la mano con nuestros países vecinos y llamar la atención. Es hora de defender lo que se ha vuelto querido e indispensable. Pues se trata, ni más ni menos, de la defensa de los derechos de la humanidad y de nacer y crecer en un ámbito de libertad, respetando el principio de la subsidiariedad.

*Cornelia Schmidt Liermann es Directora del Comité Europa del CARI.

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