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Tiempos violentos
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Tiempos violentos

Por Shila Vilker (*)

Fin de campaña luctuoso. En un inesperado giro de los acontecimientos, los cierres de campaña electoral en Argentina se vieron afectados por una secuencia de hechos violentos. En un clima político ya de por sí tenso, reapareció en primer plano la inseguridad como una de las principales preocupaciones de la ciudadanía, al tiempo que se empañó y dejó en suspenso ese momento crucial de la vida política democrática, la ocasión en el que los candidatos transmiten su mensaje final, sus propuestas, sus razones, su pedido de voto a los votantes.

Los cierres de campaña son tradicionalmente una muestra de fuerza y apoyo popular. Una especie de fiesta de la vida, de la libertad, de la igualdad, de la entronización. Esto es en definitiva lo que se suspende con la interrupción de los cierres. Democracia interruptus.

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Esta pausa también refuerza la interrogación por la participación, exacerbado por la escena luctuosa, y expresa el estado crítico que vive la democracia. La apatía tiene su explicación en el fracaso democrático para solucionar temas y problemas ciudadanos y su consecuencia práctica es la dificultad para revalidar el sistema y sus actores. Así la campaña presidencial cierra contaminada de muerte y sospecha; las promesas de vida, de cuidado y proliferación de la vida -comer, educar, sanar- que estaban en la primavera democrática, languidecen. La fiesta de la democracia, que era también la fiesta de la vida, terminó en velorio.

En carne viva. Así iremos a votar, en carne viva, con la sensación de vulnerabilidad que tenemos ante la muerte; y más aún ante la muerte joven y absurda. El domingo electoral se encara con la sucesión de imágenes de caos, de descontrol y de crisis de autoridad, o de voluntad, o de decisión para resolver los problemas.

Es probable que la oferta antisistema o la que pregona dureza punitiva tenga más chances de ser escuchada. Los electores saben que esta elección (las primarias) no tiene consecuencias prácticas, y eso favorece el “voto mensaje” y el “voto castigo” tanto como la desmovilización. No sería sorprendente entonces escuchar un grito atronador y encontrarnos con una participación baja.

Fin de ciclo. Pero estas elecciones “sin consecuencias” son el terreno donde se consolidarán ideas de cara a la elección general. Responderán cuán sólido está el oficialismo, quiénes son los favoritos con más chance entre los opositores y cuánto se agita el fantasma antisistema. La verdadera brújula de los electores dependerá de cómo lean y les ayuden a leer los resultados de esta elección que parecía intrascendente hasta que el cimbronazo final reabrió interrogantes. O más linealmente, cómo va a leerse el resultado de la primaria es el puntapié inicial de la campaña por venir.

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Estas elecciones tienen la dificultad de ser elecciones de fin de ciclo. Los roles protagónicos de Cristina y de Macri quedaron vacantes. Los electores han dejado de elaborar su voto por los odios y amores que cada uno de ellos despiertan. El voto se queda sin ancla y el futuro se ve borroso. Ni Massa es Cristina ni Bullrich es Macri, por más que cada uno intente capitalizar las acciones de sus mentores. Distinguirse del antecesor es un activo que veremos cómo ponen en valor en la elección por venir pero sobre todo en el ciclo político que inaugurará quién nos presida en el futuro.

Como el proyecto de país parece difícil de imaginar –también la imaginación de la época atraviesa una crisis para ensoñarse con el futuro-, cada candidato parece transmitir un modelo nacional sobre su caracterología personal. Los rasgos y los atributos de los dirigentes expresan cómo será el país que no tenga de protagonistas a los que ya han gobernado.

Bullrich tiene la valentía, el coraje y la decisión para expresar un país que se anima; Massa es el pragmatismo y la autoridad para pilotear una nación imaginada como un barco y la movilidad social ascendente de la cual él mismo es un exponente; Milei es distinto, nuevo y excéntrico y propone un país distinto y con medidas que desafían lo establecido; y el dialoguista e infatigable Larreta, que ha tenido más dificultad para encontrar un mensaje, ha logrado transmitir un futuro de consenso y del trabajo. “La nación soy yo”.

(Foto: Damiàn Dopacio – NA)

Veremos qué caracterología se adecúa mejor al país deseado; por ahora priman el desconcierto y la dificultad para encontrar un rumbo imaginario claro. Es decir, domina la fragmentación como suele pasar en los fines de ciclo, tanto como la confusión que genera la violencia.

(*) Shila Vilker es investigadora y analista de opinión pública. Directora de la consultora Trespuntozero.

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