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Guerras mediáticas y discursos de odio en las grietas de la historia argentina
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Guerras mediáticas y discursos de odio en las grietas de la historia argentina

Por Fernando Ruiz (*)

A veces, los propios hombres de la prensa quisieron directamente matar a sus enemigos en el gobierno. El escudero mediático de Bernardino Rivadavia, Juan Cruz Varela, sugirió al general Lavalle que fusilase a Manuel Dorrego. José Rivera Indarte instó al tiranicidio en una serie de artículos bajo un rotundo título “Es acción santa matar a Rosas”. Él mismo quiso asesinar a Rosas con una caja con pequeños cañones que pasó a la historia como la ‘máquina infernal’.

Por su parte, el periodista Alberto Ghiraldo escribió un texto que alentaba al tiranicidio contra el presidente Miguel Juárez Celman, acción que fue cuestionada por el mismo Leandro N. Alem, figura a la que Ghiraldo seguía. Salvador Planas, un tipógrafo que había trabajado en el diario anarquista La Protesta, disparó en la plaza San Martín, el 11 de agosto de 1905, contra el presidente Manuel Quintana. Como era de esperar, en el siguiente congreso de la FORA (Federación Obrera Regional Anarquista) le hicieron su homenaje.
Fue mucho más frecuente lo inverso: que los gobiernos mandaran a matar a periodistas. A Florencio Varela lo acuchillaron en una calle de Montevideo cuando lideraba la oposición mediática a Rosas.

Fernando Ruiz

En 1973, la lucha brutal entre la publicación montonera El Descamisado, dirigida por Dardo Cabo, y la lopezreguista El Caudillo, dirigida por Felipe Romeo fue una versión moderna del periodismo de ajusticiamiento. Los nombrados como enemigos en sus páginas sabían que tenían pocas horas para decidir su huida. Tanto Cabo como Romeo se habían forjado en la organización nacionalista Tacuara y promovían desde sus baterías enfrentadas su opción por la violencia.

Cuando la experiencia democrática de 1973 empezó a ser bloqueada por esta violencia cruzada, muchos periodistas cayeron bajo las balas. Otra vez en San Nicolás, José Colombo, director de Norte, fue asesinado a quemarropa en su despacho el 3 de octubre de 1973 por la derecha sindical peronista. (…) La Triple A firmó con orgullo los asesinatos en octubre de 1974 del periodista Pedro Leopoldo Barraza y del fotógrafo Carlos Laham. Barraza había investigado a los asesinos de Felipe Vallese.

Maurice Jaeger, de La Gaceta de Tucumán, desapareció en medio del Operativo Independencia contra la guerrilla en esa provincia. Jorge Money, periodista de la sección económica de La Opinión y militante montonero, fue asesinado el 18 de mayo de 1975, posiblemente también por la Triple A, cuando ese diario había iniciado una valiente ofensiva pública contra el superministro José López Rega, mentor de esa organización parapolicial.

Las dictaduras torturaron y asesinaron periodistas. En una repetición poco frecuente de hechos, tanto el director de Crítica, Natalio Botana, como el director de La Opinión, Jacobo Timerman, terminaron encarcelados y torturados por las dictaduras militares que contribuyeron a forjar. En este dejà vu en la relación entre un diario y una dictadura, sendos interrogadores se sintieron justificados ante la historia por el contenido de los interrogatorios y por eso los publicaron extensamente. El policía Leopoldo Lugones hijo lo hizo en la publicación periódica Bandera Argentina y el coronel Ramón Camps en su libro Caso Timerman. Punto final.

Durante la última dictadura militar hubo casi ciento veinte periodistas desaparecidos, más los detenidos y exiliados.

Varias veces las víctimas fueron los medios de comunicación. Eran el símbolo más visible del enemigo, o el enemigo mismo. Hubo innumerables casos en los que partidos políticos, organizaciones sociales, u otros grupos de interés, agredieron o boicotearon a medios. Ocurrió con el diario popular Crítica, la revista infantil Billiken, la revista femenina Para Ti, o el diario Clarín. Los grandes diarios, identificados como símbolos del establishment fueron durante muchos años una parada obligada para atacar durante las grandes manifestaciones.

(…) Así ocurrió con los diarios radicales como La Época y La Calle con la caída de Yrigoyen en 1930, o los diarios anarquistas y socialistas en la Semana Trágica, en 1918. Al diario anarquista La Protesta le destruyeron las máquinas tras el asesinato del jefe de policía por parte de un periodista anarquista. Al socialista La Vanguardia le pegaban doble. Por un lado lo agredían los anarquistas, y por otro cuando la policía y los manifestantes reprimían a los anarquistas incluían a La Vanguardia en su camino. (…) A la conservadora La Fronda le tiraban piedrazos o la baleaban cuando manifestaban los socialistas, al diario Crítica durante las marchas radicales y peronistas, y a La Nación y La Prensa en casi todas. En los setenta posiblemente el atentado más grande fue la bomba puesta por la Triple A que destruyó la rotativa del diario más importante de Córdoba, La Voz del Interior, el 23 de enero de 1975.

GUERRAS PERSONALES
Por supuesto que los periodistas llegaron también al duelo, que durante mucho tiempo fue una práctica muy habitual de resolución de conflictos. En 1880 murió en un duelo el primer director del periódico de la comunidad española en Buenos Aires, El Correo Español, Enrique Romero Jiménez, frente al editor del periódico España Moderna, José Paul y Angulo. Pantaleón Gómez, director de El Nacional, terminó su vida en un duelo con pistolas en 1880 contra Lucio V. Mansilla, a quién cuestionaba desde su diario. En 1894 el periodista Lucio Vicente López murió en un duelo contra un militar al que había acusado de corrupto. En su estudio sobre el duelo en Argentina, Sandra Gayol dice que los más predispuestos eran los abogados y los militares, y luego venían los periodistas.

Incluso hubo duelos entre redacciones como la que describe el historiador Miguel Ángel De Marco entre La Pampa, de Ezequiel N. Paz, y La Tribuna, que apoyaba a Sarmiento, o cuando varios periodistas de la redacción del anarquista La Protesta viajaron a La Pampa a balear la redacción del diario anarquista local, Pampa Libre.

Los periodistas y las armas convivieron durante mucho tiempo. Durante las elecciones de 1874, los redactores tenían que ir armados para hacer frente a los simpatizantes más belicosos del partido contrario. Ese año, nada menos que La Nación suspendió sus editoriales para que ahora hablaran las armas.

(*) Extractos del libro de Fernando J. Ruiz: «Guerras mediáticas. Las grandes batallas periodísticas desde la Revolución de Mayo hasta la actualidad (Sudamericana, 2014).

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