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Plan y circo
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Plan y circo

Lo que un gobierno dice revela lo que un gobierno es. No sólo la relación de ese gobierno con la sociedad, sino también el estado de su gestión. En el caso del kirchnerismo, al que hace tiempo la realidad le desmoronó el relato, hoy tiene en sus voceros, una permanente evidencia de la desconexión y el delirio.

A los dichos de Gabriela Cerruti, donde la ideología vacía ocupa el lugar que debería haber tenido la empatía y el respeto, se le suma la confesión de la ministra de trabajo Kelly Olmos, sobre el mundial. Ambas muestran su ausencia total de registro de las personas y las prioridades. La frivolidad en su versión más cruel o la frivolidad en su versión populista más descarada: el mundial como una forma más de dar circo cuando no hay pan ni trabajo que alcance.

A la ministra de trabajo no le importa trabajar en serio para dar trabajo si considera que durante un mes todo puede suspenderse. Como si la gente fuera una masa uniforme fácil de ser dopada con un poco de fútbol y agradecer la anestesia mientras eso libera a los funcionarios de sus funciones. Hay una frivolidad inaceptable, pero ante todo una revelación descarnada de cómo consideran, o, mejor dicho, cómo desconsideran a la gente. Una, le pone valor a los muertos de acuerdo al lado de la grieta al que supuestamente pertenecen:

Y lo exhibe ella misma sin detectar la barbarie. No es el primer ejemplo en estos 20 años del desprecio a las víctimas de quienes no comparten su ideología. Los muertos por la inseguridad no importan en este gobierno. Nadie habla de ellos y se suceden escandalosamente y sobre todo, en las barriadas más pobres. Otra vez la ideología, de un falso garantismo que termina apañando al que delinque, no sólo borra a los muertos por el delito, sino que desprecia a los familiares de esas víctimas. Como en las guerras donde no se cuenta a los muertos civiles para que no existan, o se los llama en forma despersonalizada, “daños colaterales”. Ellos conciben la política no como una sublimación de la guerra, sino como una guerra larvada que continúan desde la función pública ocupada para seguir venciendo a los del otro bando en vez de servir a todos.

Todos son sólo ellos. El resto son la derecha o directamente ni siquiera existen. Si la muerte puede servir al relato ideológico, no importa tergiversar pruebas e incluso inventar un desaparecido como en el caso de Santiago Maldonado. Si sirve ideológicamente no hay titubeo ni en acusar a los opositores de crímenes políticos. En esa vinculación bélica e intolerante expresan además de una perversión en sus funciones, un desprecio profundo de la democracia que es ante todo el respeto por la libertad del otro, en un sistema diseñado para la convivencia bajo el arbitraje de la ley.

Y qué decir cuando la verba hueca se traslada al presidente.

Sólo un presidente hueco, que ha hecho del vacío de poder un signo de su no mandato, puede decir que “lo que los argentinos debemos pensar es ver cómo ganamos el mundial”. O sea, ya no son meros funcionarios, son los vértices del poder los que ponen en palabras la chantada y la chapucería. Del otro lado de su propia grieta, la señora Kirchner y su hijo, andan simulando ser opositores para no hacerse cargo de la paternidad de la criatura y de la responsabilidad por el desastre. El relato se convierte en su forma de deserción que en los hechos es imposible. Porque la gente sabe que la señora es la que manda.

Nada muestra más la descomposición de sus políticas como el fracaso estrepitoso de la asistencia social. Los planes sociales no sólo son un fracaso, porque no sacan a nadie de la pobreza. Son una maquinaria para la dependencia de los pobres que se les fue de las manos y que hoy es rapiña de facciones. Los gerentes de la pobreza garantizan que nadie salga de ella. En los últimos tiempos la interna con los movimientos sociales se convirtió en un revelador termómetro de esa degradación.

Para disputarles los fondos y el poder, fue la propia Cristina quien los puso en tela de juicio porque esos movimientos habían dejado de responderles quedando algunos del lado del presidente dueño aún de la lapicera que lubrica con su tinta los fondos que reciben. Se sucedió desde entonces una histérica seguidilla de auditorías e informes en los que las irregularidades detectadas no alcanzaban para lo evidente: que se le quite el plan a quien no debe recibirlo. El informe de la AFIP que reveló que unos 250 mil beneficiarios presentaron declaraciones de bienes personales o compraron dólares fue dejado trascender incluso por afuera de Desarrollo Social, desde el organismo recaudador que responde al cristinismo y parecía seguir el mismo camino hacia la nada.

Pero la intervención de un fiscal no sólo le pone detalles al escándalo, sino que demuestra cómo los planes son lisa y llana corrupción. Qué hacen recibiendo planes

253.184 personas que presentaron declaración jurada de bienes personales.

52.987 que son propietarios de más de un inmueble, automotor, embarcación o aeronave.

10.477 personas que registran un automotor de menos de un año de antigüedad O 0km.

8.019 personas que son titulares de jubilaciones, pensiones o retiros.

209 que poseen medicina prepaga o cobertura social.

35.398 que percibieron divisas en el mercado de cambios dentro de los seis meses de percibir la asignación.

39.874 que tienen negocios comerciales abiertos al público o explotación agrícola o ganadera.

2.870 muertos que perciben el subsidio a pesar de encontrarse fallecidos.

No es joda, es corrupción. Los planes son otra vertiente de la corrupción. Son plata para la política entendida como quedarse con el botín del estado. Esta lista es sólo una muestra no del desmanejo sino de la función real de ese presupuesto millonario utilizado para las dádivas o el sometimiento.

Se cayó el relato, dejó en evidencia el circo, y las mentiras del pobrismo que tras su falsa superioridad moral no escuda nada más ni nada menos que un negocio de poder y dinero.

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