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La Dinastía K: la reina, su delfines, sus fieles sirvientes y un pueblo esclavo
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La Dinastía K: la reina, su delfines, sus fieles sirvientes y un pueblo esclavo

Cristina Kirchner subió al escenario con una dinastía. Menos los nietitos, todos cobran un sueldo del Estado. Hasta la exnuera. La familia real del populismo vernáculo tiene sin embargo un problema: en Argentina no hay monarquía. Si no Cristina le traspasaría el poder a Máximo y listo. Pero el hijísimo es uno de los políticos con peor imagen del país.

Por eso, además de la familia, también estaban los candidatos a contar con su bendición para lograr esa ortopedia de su poder que ya fue Alberto Fernández. Massa, De Pedro y Kicillof eran el segundo círculo concéntrico que espera la emanación divina del “Vox Cristina, Vox Dei” que los deposite, si es su voluntad, en la candidatura presidencial del peronismo.

Cristina no se pronunció sobre la fórmula electoral y decepcionó a sus militantes en Plaza de Mayo

Aunque ya ni la bendición de la señora asegura que no habrá interna y mucho menos que ganarán la elección. El riesgo de quedar terceros hace que cada día nombren más y más a Javier Milei para al menos intentar emparejar los tres tercios del electorado.

Ahí estaba, la pensionada mejor paga del país mostrándose como abuela y hablando como una abuela de la política que sólo vive de recuerdos que repite cada vez que se la visita y que quedan lejos para una realidad estallada en la que su gobierno –aunque ella reniegue- no resuelve los problemas urgentes.

El acto subacuático de Cristina Kirchner fue otra escala de un Operativo Clamor repetitivo y aburrido. Pero hay algo sintomático que va viéndose en la secuencia de aparateo de la vicepresidenta. No es algo nuevo, pero no deja de ser chocante. Es la distancia sideral entre Cristina -que se dice “una del pueblo”- y todas esas personas a las que al mismo tiempo convierte en una escenografía. Ella está bajo techo, ellos ahí, esperando cinco horas bajo la lluvia y esperando la orden de a quién votar, porque en el liderazgo populista, el ciudadano cede su voluntad, como en los dogmas más ortodoxos. Sirven porque obedecen.

La escala anterior había sido C5N. Allí no era la plaza llena, sino el rating por el que la señora pidió royalties al aire. Y esos periodistas que se portan bien porque no preguntan cosas incómodas y se declaran fans.

Cristina ya no tiene cosas nuevas para decir. En parte, su catecismo gastado habla de dos cosas: de su empecinamiento y de los límites que no tolera.

Asume Cristina

Hasta la Iglesia, que ha sido bastante benévola con este gobierno, pidió por segunda vez desde un púlpito que se respete las instituciones republicanas y la Justicia. Cristina llega a incurrir en una burda falacia. Dice que el Poder Judicial tiene rémoras monárquicas porque no es elegido popularmente o porque detenta cargos de por vida. Y justamente esa estabilidad en los cargos judiciales y el hecho de que no dependan de mayorías transitorias son los elementos que nacieron como garantías de su independencia cuando la división de poderes fue la salida constitucional para evitar la tiranía de las mayorías.

Cristina plantea un criterio preconstitucional y aboga por una democracia chavista donde la Justicia esté supeditada al poder político. Nada nuevo bajo el sol, o bajo la lluvia, pero para eso tendría que reformar la Constitución. Sus quejas de hoy siguen siendo el mismo pataleo por no haber podido lograr cambiar la Constitución. Allí están los límites que detesta. Por eso escala en sus insultos a la Corte.

“Mamarracho indigno” les dijo. Con cada palabra ofensiva que debe escalar Cristina desnuda su carencia argumental.

Cristina Kirchner no se lanzó ni definió ningún candidato durante el acto en Plaza de Mayo (Foto: NA)

Como pinceladas simpáticas de su copioso sentido de superioridad, la vicepresidenta empezó el discurso autoadjudicándose prácticamente el milagro de que había parado la lluvia. En sólo minutos se había largado de nuevo. Y al pasar en uno de esos momentos susanescos que la caracterizan confesó que le hubiera gustado ser un personaje de Billiken. Para prócer se ofrece ella en pleno 25 de Mayo. Un psicoanalista ahí.

El kirchnerismo se ha transformado en un déjà vu de sí mismo pero no deja de aportar postales cinematográficas. A la misma hora en que los militantes volvían empapados a sus casas, llegó al país el nuevo avión presidencial.

Símbolo de una política que ostenta gastos cuando ajusta a la población, y no se privó ni de hacer acrobacias peligrosas al tocar suelo argentino. ¿Dónde está el piloto? O una novedosa reinterpretación de los helicópteros de Apocalipsis Now. Por ahí Alberto en Chapaldmalal puso fuerte la Cabalgata de las Valquirias de Wagner, como el Teniente Coronel William Kilgore, que interpreta Robert Duvall en la película de Coppolla.

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